FEMINISMO, MACHISMO Y PODER

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Estoy absolutamente de acuerdo con las mujeres que dicen que los hombres no las dejan avanzar, pero convengamos que son algunos hombres y algunas mujeres. Lo que sucede es que el hombre, en nuestra cultura, tiene todos los privilegios y no quiere perder ninguno, ignorando que existe una ley, que básicamente tiene que ver con compartir.

Inevitablemente la mujer está ampliando su campo de acción. Por lo tanto, adquiere más derechos como consecuencia del territorio ganado. Pero es importante no dejarnos engañar con este aspecto, porque el proceso es todavía muy lento, tanto como irreversible. Tampoco caigamos en la confusión de creer que perder individualidad sexual implica la conversión en marimachos o en trágicas doncellas, ni la confusión en una masa amorfa donde no se distingue un sexo del otro. La mujer debe moverse en los campos para los que su vocación funciona. Y su salario debe ser acorde con su competencia, no con su sexo.

Hay gestos tradicionales (como los de ceder el asiento a una dama en el colectivo o apartar la silla de la mesa para que ella se siente) que no son más que síntomas de delicada presión: si te dejo pasar primero me debes sumisión.

No me siento al margen de los machistas porque nací y crecí entre ellos, pero en muchos ámbitos me reconozco solidario con la mujer ya que su reclamo está basado en un absoluto principio de justicia y esto entre los sexos se entronca con la servidumbre. Tengo conciencia de que el opresor, para existir, necesita de un oprimido; y que éste fomenta esa situación, porque es una parte de su naturaleza humana que se manifiesta. En las relaciones maduras se supone que hay un acuerdo, donde se alimenta un margen de sumisión y servidumbre que va en pos del placer, no del odio, ni de la anulación. Aunque hubiera un vasallo que quiera seguir siéndolo, habría algo de patológico en esa conducta. Tal es el caso de muchas mujeres a quienes les gusta el dominio masculino. Pero cuando esto se convierte en un acto de humillación la cosa cambia.

El origen latino de nuestro pueblo contribuye a identificar este proceso de desarrollo de la mujer, pero ya resulta inevitable que así suceda; a pesar de la resistencia masculina y femenina los falsos valores de identificación sexual deben modificarse: el hombre dejará de sentir vergüenza por ser tierno y por ello ya no deberá resultar sospechoso.

En nuestra sociedad actual hasta el pacto entre hombres y entre mujeres es injusto. Es que los vasallos frente al amo tratan de resultar simpáticos y caer bien. Pero no así a sus pares cuando lo interesante de esto sería que el pacto no pasara por el sexo, sino por lo razonable de la eficiencia y capacidad. Pienso que estas deficiencias se las debemos a toda una cultura heredada y alimentada, que permanentemente nos condiciona.

Entre los pocos datos que se pueden identificar como valores estrictamente masculinos está la necesidad de poder, otra vertiente es la agresividad y la necesidad de expresar ese dominio y es este el más peligroso, es la razón por lo que están en aumento los feminicidios. Por eso creo que si aumentara la participación femenina en la conducción de los países disminuirían las guerras.

J. Waldo Panozo Meneces
Policía – Politólogo