Una sinvergüenzura enigmática detrás de un rostro indígena

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¿Y quién es este homo sapiens que llegó a la presidencia de Bolivia con la hoja de coca en la boca y un obsoleto programa de supuestas nacionalizaciones bajo el brazo? La pregunta puede parecer gratuita cuando se sabe que Juan Evo Morales Ayma lleva más de 10 años de presidente en su vida activa en la política, y su rostro es, por tanto, familiar para la mayoría de los bolivianos de esta generación. (Cuando utilizaba los bloqueos de caminos para defender la producción de la hoja de coca ilegal). Sin embargo, a pesar de todo su despliegue de actividad sindical durante tantos años y de los más de 10 años de presidente perenne —caracterizado por los casos de escándalos de amoríos, de clientelismo femenino, corrupción y la negación a un supuesto hijo— Morales Ayma ha logrado escudarse tras una fría desvergüenza y un rostro indígena inexpresivo, que lo presentan sus acólitos tránsfugas —ahora más que nunca— como un enigma indescifrable para muchos.

Es cierto que, en general, los hombres políticos populistas son seres imprevisibles. Más aún cuando tienen un origen mestizo como en el caso de Morales Ayma. Conscientes de ello, muchas personas sienten cierto grado de sospecha y desconfianza política de una figura que, sin estar precisamente dotada de una personalidad carismática, se hace rodear de una atmósfera que corresponde más a un caudillo vándalo y déspota que a un hombre de Estado. Su aire, afectado o auténtico, es efectivamente el de un indígena ignaro con gustos de criollo mantuano trasnochado que deambula como trotamundos haciendo gala de los vehículos y avión de tipo califa delegando sus funciones a mezquinos renegados con ideas jacobinistas, y su instinto se mueve más dentro del mundo fascistoide y de demencia similar al de Kim Jong-un que, de la sombría especulación filosófica del marxismo, cuyas obras posiblemente nunca ha podido digerir completamente.

Este nuevo desafortunado deseo de querer postularse por una tercera oportunidad para la reelección, aprovechando el control de los cuatro órganos del Estado Plurinacional no deshace completamente el peligro más serio que se desprende del populismo de izquierda en el poder, no de alguna forma de socialismo, cuando Morales Ayma alcanzó la presidencia en 18 de diciembre de 2005. Su descarada asociación con algunos miembros del ELN, el partido comunista, los grupos de cocaleros, tránsfugas, contrabandistas y las FF.AA. más pro-capitalistas era algo que inquietaba, y sigue inquietando, a nuestros países vecinos de Sud América, Norte América y algunos de Europa. Ya se sabe que, fiel al clásico oportunismo que ha caracterizado siempre a quienes tienen la ideología de los gobiernos populistas (progresistas) que sirven a poderosos gobiernos paralelos, los seudo socialistas trataron, como en todas partes del mundo, de montarse en el tren gobernante para intentar sacarle el provecho máximo a la situación.

Morales Ayma, pues, tuvo que jugar las cartas de los renegados jacobinos. Sin embargo, la primera participación de los masistas en el gobierno nacional en los últimos 10 años —a través de varios Ministerios— fue una concesión corporativa que puede ser peligrosa. Y esto a pesar de que los masistas, para llegar a esos puestos, tuvieron que hacer una serie de concesiones ideológicas que, en el fondo, tal vez no sean más que otro modo de jugar las cartas en ese mundo confuso de la politiquería.

J. Waldo Panozo Meneces; Policía Politólogo