ELECCIONES SÍ, O SÍ

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Algunos de los llamados «dirigentes políticos» están tratando de evaluar todas las posibilidades para buscar como perpetuarse en el poder al igual que lo hizo el MAS-IPSP. La epidemia del coronavirus, que se ha convertido en una crisis mundial, también ofrece varias oportunidades para esta “lacra” que son dueños de las organizaciones políticas.

Los académicos, estudiantes y todas las personas cuando hablamos de democracia saben que se refiere al sistema político en el que la gente elige a sus líderes. De hecho, las elecciones son el corazón mismo del sistema democrático. A través de ellos, los ciudadanos eligen a quienes confían, porque en su nombre, tomaran decisiones así reconocidas como legítimas. En las elecciones, cada uno de los ciudadanos, en edad de votar, tiene derecho a expresar su opinión sobre el interés nacional, las libertades, los derechos y la administración de los asuntos del Estado. Por lo que, un país como el nuestro orgulloso de su historia democrática quiera defender la celebración de sus elecciones en tiempos de la pandemia es importante, meritorio y comprensible, más allá del riesgo de la salud.

Luego de un desgobierno de catorce años todos transitamos alrededor del cambio no único, pero sí fundamental, que genere todos los cambios: la democracia y respeto por los DD.HH.

En este cuarto de siglo XXI varios países y el nuestro reaccionan al imperativo de modernidad; sin embargo, algunos países como el mundo árabe y una franja de Latinoamérica, comprendida entre los antiguos virreinatos de Perú y México, por razones complejas, ha sido difícil su entronque con la modernidad en la era de la tecnología, sin embargo, los costos que supone ahora esta condición y los riesgos que presagia no tienen precedente.

La gran mayoría compartimos esta fe en la «democracia» aunque actualmente sectores oportunistas y vividores de la politiquería en todo el país, se niega a darle curso. Pero sería inexacto e injusto atribuir la inmovilidad política de Bolivia sólo a la ambición o al maquiavelismo de una clase “mañosa”. Otro factor mental obstruye el cambio: el “revolucionario” como supervivencia del arquetipo novoboliviano en nuestra vida pública.

Respecto de esa herencia novohispana, el fracaso económico en Latinoamérica proviene del fracaso político, en el continente construimos nuestra independencia bajo la influencia intelectual de la Revolución Francesa y de la Revolución de los Estados Unidos. Pero fue un fracaso, porque nuestras sociedades no estaban preparadas, no eran modernas. El Estado que nació de la independencia fue heredado del Estado patrimonial, absolutista español y portugués del siglo XVII. El Estado patrimonial es aquel en que el príncipe gobierna con su familia, o sea, donde considera al reino como su propiedad personal. Ahora bien, en toda Europa y en América del Norte, las revoluciones o evoluciones reemplazaron al Estado patrimonial por el Estado moderno, que pertenece a todos. En América Latina y Bolivia en especial, el Estado patrimonial sigue existiendo en el Estado moderno. Nosotros adoptamos la filosofía positivista, liberal, incluso socialista, pero por debajo, el verdadero funcionamiento sigue siendo el Estado patrimonial usurpado por parásitos que se acostumbraron a robarle al Estado.

Estas elecciones debemos desafiar al riesgo de la pandemia enarbolando la democracia clásica y no “democracias”, “que comenzaría con el respeto escrupuloso al voto pero que implica otras cosas: la práctica de una tolerancia más cercana a la atención de las opiniones ajenas que a la repugnancia hacia ellas; el civilizado ejercicio de una crítica en la que la imaginación, la fundamentación y la lógica desplacen a las reacciones viscerales, dogmáticas y autocomplacientes; la consideración de la variedad y la pluralidad como fines en sí mismas; la vigilancia atenta y regulada del poder junto a la posibilidad de orientarlo, limitarlo y llamarlo a cuentas; y en fin una experiencia cotidiana —individual, colectiva, nacional— de labrar el destino propio con el propio esfuerzo.

Sigamos practicando la “democracia verdadera”, así, la democracia es una forma de convivencia, no una utopía o un evangelio de salvación, ni siquiera un programa positivo de gobierno. Respira en los espacios abiertos entre los hombres libres que discuten, no entre serviles que trepan; hombres liberados de sus arquetipos, no de sus sueños. La democracia no es una panacea. Pero para los bolivianos debe ser el único camino posible de reconciliación.

J. Waldo Panozo Meneces

Policía – Politólogo