Policía y política en el Estado plurinacional, autonómico socialista

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El día que los militares desarmaron a los “Carabineros de Bolivia” y les cambiaron el nombre en muchas otras oportunidades, me pareció únicamente una suerte de venganza y de odio hacia la institución y además como escribe el francés Loubet del Bayle: “De la misma manera que la po­licía está en condiciones de inter­venir en el funcionamiento del sistema político como fuente de demandas «internas», también se la puede considerar como una fuente de apoyo interno, tanto más importante cuanto que ella dispone de medios temibles cuya puesta en marcha o neutraliza­ción es susceptible de influir con fuerza sobre la permanencia y porvenir de un sistema político. La evaluación de la «fidelidad» de la policía constituye uno de los elementos de apreciación de la so­lidez de un sistema político”. Es este el temor de los politiqueros que tienen sobre la institución policial.

Yo pronostico que “Hoy los administradores del Estado Plurinacional del Movimiento Al Socialismo han perdido la fuerza del gobierno”. Espero que mucha gente me crea y muchos policías institucionalistas también. Algunos me consideraran que yo estoy loco. Los lo­cos son todos aquellos que creyeron, un instante, en el triunfo de los masistas hacia su objetivo de conformar el Unipartidismo dentro un Sistema Político Absolutista. Fueron, a más de locos, ignorantes. Porque el triunfo del MAS sobre Bolivia sin el apoyo de la policía sólo pue­de caber en las mentes adormecidas, es decir, utópicas, y en cabezas ignorantes o perversas. Es pre­ciso, en efecto, ignorar de un modo triste y lastimoso qué es la institución del orden, qué fue su pasado, qué es su presente y qué puede y debe ser su futuro para conce­bir que, por medio de la persuasión, una institución benemérita y pilar fundamental de la patria pueda do­minar a todas las otras. El día que los masistas quieran cercenar aún más de lo que ya está la institución policial, los verdaderos policías honestos y decididos se pondrán de pie. Si los comandantes, con un talento di­plomático que jamás tuvieron ni tendrán, se hubiese detenido la potestad que tienen los fiscales para ser peones del gobierno desde el ensalzamiento de la cocaína y permitir que el gobierno de Banzer tape el caso San Javier con el apoyo de la bancada de Paz Zamora para beneficiar también a sus socios de los casos ‘Oso Chavarria’, ‘Meco Dominguez’ y otros; otorgándoles a los Fiscales ejercer la dirección funcional de la actuación policial en la investigación de los delitos.

En la gestión del general Pimentel se interviene la Policía Técnica Judicial por intereses mezquinos y políticos, no para una reestructuración, sino para solo cambiar el nombre con el de la actual Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen. Hasta llegar a las siguientes administraciones del comando policial por verdaderos rastreros sátrapas, quiénes para pagar el favor de su ascenso, entregaron y entregan las funciones importantes de Identificación Personal y Licencias de Conducir, y ahora de las funciones de Ayudantías, para transferirlas a las FF.AA. y a los grupos de inteligencia civil. Pudiendo muy bien entrar en la égida política únicamente con el poder de la información que maneja la hoy Policía Boliviana e imponer autoridad como en la gloriosa época de los Carabineros de Bolivia y de la gestión del coronel Pablo Caballero Díaz, combinar política con la misión constitucional de servicio a su sociedad, hoy la Policía sería la segunda o tercera institución más importante del país, porque sus efectivos trabajan combatiendo en la guerra diaria contra la delincuencia y no se preparan contra una guerra utópica. Pero sus malos hijos aprovecharon para empeñar su institución y sus efectivos, entregando a su personal para escalera política y, como es lógico, nos pretenden dejar reducidos a la mínima expresión.

La participación servil de algunos malos policías como en los casos de la detonación del sobre bomba en la oficina de la esposa del ex senador Fidel Surco Cañasaca; las denuncias de la revista Veja y la participación en narcotráfico y contrabando de Juan Ramón Quintana; el supuesto magnicidio del Hotel Las Américas (Caso Terrorismo), capitán Walter Andrade, policía Marilín Vargas, el funcionario del Ministerio de Gobierno, Luis Clavijo; la desaparición del teniente Jorge Clavijo, el caso Chaparina; caso Gustavo Torrico, Dirk Schmidt y los Menonitas, el caso Ostreicher y etc. etc., la creación de grupos de inteligencia civiles secretos a cargo de los expertos cubanos y venezolanos que llegaron so pretexto de apoyo al programa de alfabetización, coordinando con Raúl García Linera y Juan Carlos Pinto Quintanilla. Todos estos casos son de conocimiento de los policías. Policías que callan y eso nos sirve a los hombres sensatos para co­nocer a quienes son policías rastreros, enemigos, traidores, perver­sos de su institución mater, funcionales y mentalmente adoctrinados a la falsa política del Socialismo cocalero. Son todos aquellos que afirma­ban que la Policía obtendría su verdadera autonomía para cumplir con la misión constitucional y el respeto a la institucionalidad. ¡Pobres in­felices los extraviados, ignorantes y torpes que pensaban y hablaban en esta forma! Ignoran las reservas espirituales de la humanidad boliviana; ignoran la fuerza, la capacidad, el espíritu institucionalista y la cons­tancia del policía boliviano; ignoran todo de lo que son capa­ces los profesionales policías con moral, ética y doctrina; ignoran, con el ejemplo de toda la Revolución Nacional, que la formación de cuadros efímeros de la actual corporación política al estilo de la estructura hitleriana y/o estalinista sólo sirven para vapulear a las instituciones, pero las instituciones que triunfan son aquellos que se im­provisan, que están mandados por profesionales que ayer fueron oficinistas u operativos, y que la guerra no la hacen los generales sino los pueblos. Con este cúmu­lo inmenso de ignorancia, con esta incomprensión de los pro­blemas reales, humanos, histó­ricos y modernos, no debe sorprender que condenemos, sin ningún respeto, a quienes han dado muestras de tanta incons­ciencia, de tanto error, de tanto orgullo y de tanta incapacidad. Porque es necesario confesar, reconocer humildemente, que quienes aseguraron un triunfo masista, encontraran su derrota en las fuerzas de los humildes ciudadanos junto a los humildes policías que no han podido caer en errores más monstruosos del masismo.

Hom­bres aferrados dizque a principios, tra­diciones y enseñanzas rancias como los jacobinos, mil veces caídas en el vacío y en el ridículo, pretenden una vez más, imponer en teoría y en la práctica sus convicciones, su creencia tantas veces deshecha de que la fuerza puede dominar al espíritu, de que el absolutismo es capaz de extenderse sobre toda voluntad patriota del policía. Todo esto tenemos que escuchar, con educa­ción y paciencia, a señores con aires de majestades que exponen sus razones con la suficiencia de quien perdona la vida. ¿Qué di­cen, ahora, esos pobres ilu­sos? Su error y su ignorancia, desafortunadamente, tienen raíces más hondas. El creyente en el socialismo jacobiniano, socialismo del siglo XXI, socialismo comunitaria, el que niega la República, el que desprecia a toda persona con tez más blanca y el que sostiene que Bolivia no es, en su espíritu, una sola Bolivia, no es un simple ignorante, que sin duda sabe leer y escri­bir, pero que no sabe pensar ni tiene un pensamiento histórico. Es algo más y algo peor: es el eslabón de una cadena que ame­naza aprisionar a toda la sociedad bajo la influencia y el odio del racismo dividiéndonos en treinta y seis nacionalidades sin ni siquiera saber alguno de los idiomas originarios y su cultura es la más espantosa de las monstruosidades. En la monstruosidad de suprimir al hombre su cerebro y transfor­marlo en un ser sin alma y sin razonamiento: no por carecer de un alma y de un cerebro, sino por tenerlos aterrorizados y encadenados con el control total del Estado y la ausencia de poderes alternativos al que reclama para sí el derecho ilimitado a gobernar. Este es el mal que espera al hombre si algún día llegara a triunfar el princi­pio despótico del proyecto de partido único, de la antilibertad y de la antidemocracia.

La fe en los ideales populistas, el desprecio a toda persona que piensa diferente a su proyecto, el culto a la personalidad como instrumentos de opresión, son las expresiones populares, exteriores, de una fi­losofía de origen occidental y bonapartista, antirreligiosa y antihu­mana, que se fundamenta en el despotismo occidental de la Alemania nazi, en el principio de los elegidos, expuesto por la teoría Ariana; en el prusianismo esclavizador y en la negación de todas las conquistas espiri­tuales que hizo la humanidad desde la filosofía griega, la doc­trina de Dios, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, el parlamentarismo hispano-europeo de la Edad Media y los triunfos de la independencia de América.

Quienes defienden la causa del Absolutismo, de la antilibertad y de la antidemocracia son los seres más peligrosos que tie­ne hoy en día la humanidad. Es por su culpa que el mundo se halla dividido en más de dos grandes grupos que ya no saben de fron­teras terrestres, sino de fronte­ras espirituales; que luchan, no por un trozo de tierra, sino por la imposición de un principio espiritual. Estos principios son las reglas que han de regir la marcha del mundo en el pre­sente y en el futuro. Estos prin­cipios hoy dividen a todos los hombres en liberales y antilibe­rales. La lucha ya no tiene tér­minos medios. Es una lucha a muerte. Piensan que la Policía no tiene significación en el país, pero se darán cuenta que la unidad, la lealtad, la doctrina y el espíritu de cuerpo es una caja de sorpresas liberadoras.

El triunfo por el respeto hacia una institución que es parte de la historia de Bolivia ya estaba predestinado desde el comienzo de este siglo. Por ello quienes creímos, desde el primer instante de esta arrogancia en contra de la Policía, en la derrota de los partidarios de la verdadera democracia, no será un hecho na­da extraordinario, no tienen ninguna inspiración original, no cuentan con ningún infor­me secreto. Los policías no solo son y serán, simplemente, estudiosos del bien común y de su historia. Están siendo lógicos, pacientes, sensatos, humanos; no son, como las otras organizaciones, per­versos, delincuentes, ignorantes o locos —más espantosamente locos que cualquier enfermo recluido en un manicomio—. La profesión de policía se debe a la sociedad, es defender al humano, por ser humano, y su pensamiento. En este sentido y como reza la misión constitucional el hombre tiene que ser, forzosamente, libre si es que quiere ser hombre y no un ser animal, y el pensamiento tiene que na­cer de la libertad y vivir en ella si quiere ser pensamiento y no instinto también animal. Por ello todas las doctrinas que pre­tenden imponer dogmas, creen­cias absolutas que no se basan en la libertad, son antihumanas y están destinadas al más ho­rrendo de los fracasos. Soste­nerlas es el delito más grande y espantoso que puede cometer­se en el mundo y en la huma­nidad, y combatirlas, por el triunfo de la libertad, es la ac­ción más noble, más santa y sublime que puede realizar el policía sobre la tierra. Y es esta la función policial, no es de servicio al gobierno de turno, la institución policial no es su “Guardia Pretoriana”.

J. Waldo Panozo Meneces

Policía – Politólogo; Docente universitario